31 julio, 2007 – 08:22 – Juan Cruz
Mientras contemplaba uno de los paisajes más felices del mundo, el de las islas Cíes, en Galicia, se quemaban en Canarias dos de los grandes paisajes de mi alma, el norte de Tenerife y el centro y el sur de Gran Canaria. Nombres que forman parte de nuestras vidas, las vidas de los canarios, paisajes que el fuego va destruyendo ante la impotencia de miles de personas que no sólo viven allí la evidencia de la belleza de los montes y de los bosques sino que viven físicamente allí, allí tienen sus casas, sus pasiones y sus preocupaciones, y que ahora se ven despojadas de sus viviendas y en este mismo momento sufren la incertidumbre de lo que puede suceder.
Esos nombres que se dicen en los boletines de la radio y en las informaciones de los periódicos o de la televisión están mezclados con los nombres de nuestros parientes y de nuestros amigos; nací muy cerca de los lugares que ahora se están quemando en Tenerife; por allí iba en la adolescencia, a buscar amigos, y por allí me llevaba mi padre cuando no sabía qué hacer conmigo en casa.
Cuando se quema una isla, y esa isla es propia, el sentimiento es personal, íntimo, como si se estuviera derrumbando parte del corazón de una experiencia. En periodismo se dice que lo que está cerca es lo que primero interesa; en casos así vives de manera dramática y práctica la realidad y la eficacia de esa teoría.
Los incendios llevan algunos días, pero ahora se han agravado en Gran Canaria; el de Tenerife se avivó ayer, y sigue el de La Gomera, que es otro espacio especial para todos los canarios. Así que nos está quemando ese corazón que reside, según la copla, debajo de las nieves del Teide. Ojalá, ojalá se apaguen pronto esos incendios, y que sobre el rescoldo regrese la belleza que el fuego arrasa a su paso.